9/08/25

“Autoexplotarse”

 “Autoexplotarse” es trabajar como si el propio cuerpo fuese una mina inexhausta y la subjetividad, una empresa con sede en la frente. Se vende la idea de que la realización personal llega solo cuando el calendario sangra, la bandeja de entrada arde y el teléfono no tiene noche. Ese cuento suena moderno, pero es viejo: trocar vida por rendimiento. Hoy, además, llega con sonrisa motivacional, KPI en el alma y un puñado de frases que convierten el cansancio en medalla. Se promete libertad, pero se ofrece una jaula de oro que cada quien cierra por dentro, convencido de que se está “construyendo un futuro”. El truco es elegante: ya no hace falta un capataz cuando el capataz fue interiorizado.

No se trata de demonizar el trabajo. Hay labores que dignifican, proyectos que ensanchan la conciencia y oficios que sostienen la vida en común. El problema aparece cuando el trabajo deja de ser medio y se vuelve identidad total. Si todo significado viene del rendimiento, entonces cualquier pausa parece una amenaza y cualquier límite, una falla moral. Aparece el orgullo del agotamiento: se presume la agenda como quien presume trofeos. Se confunde intensidad con profundidad, visibilidad con valor, urgencia con importancia. Se trabaja sin descanso, pero también sin preguntarse para qué.

La autoexplotación es astuta: convence de que la elección es propia. Como los espejos de un laberinto, devuelve mil veces la misma imagen: “si no se logra, es porque no se ha querido suficiente”. Así se desplaza la conversación de las condiciones (tiempos, salarios, cuidados, redes) hacia la psicología individual. La culpa desplaza a la política. “Me falta disciplina” en lugar de “esto es inhumano”. La balanza se inclina siempre hacia el lado de la autoacusación: si el trabajo engulle la vida, entonces la solución —dice el catecismo del rendimiento— es trabajar distinto, trabajar mejor, trabajar más. Nada más funcional a la máquina que quien decide engrasarse a sí mismo.

También hay un aderezo cultural: se romantiza el “hustle”, el sacrificio sin tregua, el dormir poco como prueba de carácter. Se transforma cada minuto en “oportunidad”, cada conversación en “networking”, cada paseo en “contenido”. La existencia se convierte en catálogo; la biografía, en plan de negocios. Se compite por la atención ajena hasta cuando nadie está mirando. Ese es el signo: producir incluso el propio descanso como producto. Un paseo ya no es paseo si no se vuelve publicación; la lectura ya no es lectura si no alimenta una marca personal. Esa exteriorización crónica vacía la experiencia: todo el tiempo se vive en diferido.

Conviene, entonces, separar dos palabras que la prisa pega con cola: realización y validación. La validación es aplauso externo; la realización, asentamiento interno. La validación se agota y exige dosis crecientes; la realización no se sube a una cinta de correr. Una dice “mírenme”; la otra, “entiéndanse”. Cuando se trabaja para validarse, el criterio de éxito es siempre movedizo y, por lo tanto, la ansiedad está garantizada. Cuando se trabaja para realizarse, el criterio se ancla en valores que no fluctúan al ritmo de las métricas: contribuir, aprender, cuidar, crear, comprender. La autoexplotación surge cuando se busca realización mediante herramientas de validación.

Una señal temprana es el desprecio del cuerpo. La cultura del rendimiento considera el cuerpo como un obstáculo, una máquina a optimizar, no una morada a habitar. Se trata el sueño como estorbo, el hambre como distracción, la tristeza como “baja de productividad”. Se ve el dolor como un simple “costo”. En ese marco, el cuerpo responde con su propio idioma: insomnio, irritabilidad, soledad ruidosa, fatiga sin causa aparente, sensación de que los días son idénticos. No hay poesía en una vida donde solo se tachan pendientes. La lista nunca se termina; lo que se termina es la posibilidad de preguntarse “¿qué merece realmente mi atención?”.

Tampoco ayuda confundir vocación con adicción. La vocación es una brújula: orienta sin esclavizar. La adicción es un imán: atrae aun cuando dañe. La vocación acepta límites porque entiende que el mundo no depende de un individuo; la adicción exige sacrificios ilimitados porque se alimenta de la ilusión de control. La vocación florece en compañía; la adicción se encierra y se justifica con épicas solitarias. La vocación se alegra del progreso ajeno; la adicción lo vive como amenaza. Al mirar con calma, la línea entre ambas suele ser el cuidado: donde hay cuidado propio y mutuo, hay vocación; donde se erosiona el cuidado, ya no hay realización posible.

Otro ingrediente es la colonización del tiempo. El reloj laboral se extendió y se instaló en la mesa, en la cama, en el bolsillo, en los domingos. Los dispositivos trajeron ventajas obvias, pero también algo más sutil: el continuo “estar disponible”. Esa disponibilidad permanente transforma el silencio en un lujo, y sin silencio la experiencia no decanta. Una vida decente necesita posos, como el café. Sin posos, solo hay agua teñida que no alimenta. El pensamiento profundo requiere espacios off, horas no programadas, ratos de aburrimiento productivo donde la mente divaga y encuentra conexiones inesperadas. La autoexplotación odia esos huecos porque no los puede medir.

Hay una trampa adicional: el prestigio del “propósito”. Se repite que trabajar con propósito cura todos los males. Pero un propósito, cuando se usa para tapar abusos, se vuelve máscara. Si para sostener un ideal se normaliza el maltrato, se está frente a una religión del rendimiento, no a una ética del sentido. Si el “para qué” noble justifica cualquier “cómo”, entonces el propósito se convirtió en coartada. Una regla simple ayuda: un propósito que destruye a sus portadores contradice su propia promesa. Sin cuidado, el propósito es retórica.

¿Cómo salir de ese círculo? No con un eslogan, sino con prácticas pequeñas y sostenidas. Primera práctica: distinguir lo que es valioso de lo que es vistoso. Valioso es aquello que alimenta relaciones, salud, aprendizaje y juego; vistoso es lo que acumula espectadores. Segunda práctica: reinstalar el límite como forma de inteligencia. Un “no” a tiempo no es renuncia al crecimiento; es diseño del crecimiento. Tercera práctica: trazar horarios que protejan el tiempo común y el tiempo propio como bienes no negociables. La libertad no se mide en cuánta disponibilidad se ofrece, sino en cuánta soberanía se guarda. Cuarta práctica: cultivar oficios sin objetivo productivo inmediato —leer por leer, caminar por caminar, escuchar sin grabar—; ahí respira la subjetividad y se reparan las fisuras que el rendimiento produce.

Quinta práctica: politizar el malestar. Cuando el agotamiento es masivo, no es solo un asunto de autoestima. Se vuelve tema de conversación colectiva, de regulación, de organización de tiempos y espacios. No basta con aprender técnicas de respiración si la cultura premia el sacrificio ilimitado; hace falta construir estándares de trabajo que incluyan descanso real, reconocimiento del cuidado y participación en las decisiones. La vida buena no puede depender del heroísmo individual permanente. Sexta práctica: aprender a evaluar el éxito con criterios que no coticen en bolsa. Si la medida excluye la ternura, la amistad, la serenidad y el asombro, la medida es pobre.

También sirve una metáfora para orientarse: no quemar la barca para avanzar. Hay modelos que proponen avanzar alimentando la locomotora con los durmientes de la vía. En el corto plazo, el tren corre; en el largo, se queda sin camino. La autoexplotación es ese consumo del soporte. Cuando el cuerpo, los vínculos y la curiosidad se vuelven combustible, se avanza rápido hacia ninguna parte. La alternativa es más artesanal: construir velocidad con motores que no devoren la estructura. Eso implica alternancia entre foco y descanso, ritmos estacionales, proyectos que se cierran de verdad, rituales de fin y de inicio, y la licencia para hacer cosas inútiles con alegría.

Un criterio práctico, sencillo como una balanza: si para ganar dinero o reconocimiento se pierde dignidad, salud o vínculos, es pérdida neta aunque el extracto bancario crezca. Nada que rompa al portador merece llamarse realización. La realización se reconoce porque agranda por dentro sin encoger por fuera. Trae una sensación de suficiencia, no de deuda infinita. La autoexplotación, en cambio, instala una contabilidad moral donde siempre “falta algo”: un curso más, un cliente más, un logro más. Es una cinta que no tiene botón de apagado.

Finalmente, conviene recordar que la vida no se “gestiona”; se habita. Gestionar suena a optimizar; habitar suena a pertenecer. Habitar exige presencia, vínculos, memoria, cuidados y fiesta. Sí, fiesta: momentos sin utilidad donde el mundo recupera color. Quien solo acumula medallas de eficiencia pierde lentamente la capacidad de sentir lo que está haciendo. Quien se permite la gratuidad de la alegría, en cambio, encuentra que la energía vuelve sin ser arrancada. Nadie se realiza a punta de violentarse con amabilidad.

Esta reflexión no es una renuncia al esfuerzo; es una defensa del esfuerzo que no cancela la vida que dice mejorar. Trabajar con sentido es bello cuando no se expropia el cuerpo ni las horas comunes. Aprender, crear, servir, construir algo con otros: todo eso es valioso. Lo que se impugna es el culto a la productividad como religión oficial. El antídoto no es el desorden, sino otra forma de orden donde el descanso es parte del trabajo, el cuidado es parte del propósito y la comunidad es parte del logro. En ese marco, el “éxito” deja de ser una persecución y empieza a ser una manera serena de estar en el mundo: con tiempo para el pan, para la risa y para escuchar el rumor de lo que se ama.

Si se quiere llevar esto al terreno práctico, puede traducirse en tres pactos cotidianos: pacto con el cuerpo (horarios de sueño, comidas sin pantallas, movimiento), pacto con los vínculos (tiempos innegociables para conversar y compartir, sin rendimiento de por medio) y pacto con el propio sentido (un cuaderno donde cada día se escriba una línea: “qué merece mi atención hoy”). Con el tiempo, esos pactos producen una riqueza que no cabe en un currículo: una vida que, al final de la jornada, no duele vivir.

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