La verdadera metamorfosis: cuando el tiempo empieza a parecérsenos
Una mirada con humor a esa transformación inevitable en la que el cuerpo cambia, el espejo empieza a discutir con nosotros y terminamos descubriendo que envejecer también es una manera de acumular historia.
Cuando se habla de metamorfosis entre gente leída, culta, de café, gafita fina y ceja ligeramente arqueada, inevitablemente aparece Kafka.
La metamorfosis, claro.
El pobre Gregor Samsa, que una mañana despierta convertido en una criatura monstruosa.
Muy bien.
Muy literario.
Muy profundo.
Pero yo digo una cosa: la verdadera metamorfosis humana no consiste en despertarse convertido en insecto. Eso sería, por lo menos, evidente. Uno sabría inmediatamente que algo ha ocurrido.
La auténtica metamorfosis es mucho más lenta, más discreta y bastante más desconcertante.
Esa sí que es una novela.
Y además realista.
Porque uno nace siendo una criatura tersa, redonda, suave, perfumada y extraordinariamente bien considerada por la crítica familiar.
Te aplauden por respirar.
Te celebran una sonrisa sin dientes.
Haces un ruido con la boca y alguien llama a la abuela.
Te sientas por primera vez y parece que hubieras descubierto la gravedad.
Das tres pasos tambaleándote y la familia entera se comporta como si acabaras de ganar una medalla olímpica.
Hasta hacerte encima tiene público, comprensión y asistencia técnica.
En esa primera etapa eres, sencillamente, un milagro.
Te falta pelo, te sobran mofletes, no sabes hablar, no controlas completamente tus extremidades y, aun así, todo el mundo te mira como si fueras una edición limitada.
La gran estafa de la juventud
Luego creces.
Y llega la juventud.
Ah, la juventud.
Esa maravillosa etapa en la que uno está convencido de dos cosas igualmente falsas: que el cuerpo es suyo y que además le va a obedecer eternamente.
Durante la juventud se cometen auténticas barbaridades fisiológicas con una tranquilidad admirable.
Comes cualquier cosa. Duermes cuatro horas. Bebes cosas cuyo color ya debería haberte parecido una advertencia. Corres. Saltas. Te caes. Te levantas. Viajas toda la noche. Bailas hasta el amanecer.
Y al día siguiente estás perfectamente.
Fresco.
Entero.
Casi ofensivamente saludable.
Y uno, claro, interpreta mal el contrato.
Piensa que aquello será para siempre.
No será para siempre.
El primer ruido sospechoso
Un día, sin ceremonia, comienza la metamorfosis de verdad.
No hay explosión.
No suenan trompetas.
No baja ningún ángel del cielo para anunciarte que, a partir de ahora, necesitarás calentamiento previo para levantarte del sofá.
Todo empieza de manera insignificante.
Un día te agachas a recoger algo del suelo y, al incorporarte, escuchas un sonido.
Miras alrededor.
No hay nadie.
Entonces ocurre una revelación terrible:
Ahí comienza oficialmente la segunda parte de la novela.
La vista y el notario invisible
Antes podías leer la letra pequeña de un contrato desde la otra punta de la habitación.
Después llega un momento en que empiezas a separar el papel.
Un poquito.
Luego otro poquito.
Después estiras completamente el brazo, como si estuvieras entregándole el documento a un notario invisible.
Pero el brazo tiene una longitud limitada.
Y entonces llegan las gafas.
Primero unas discretas. Luego otras para trabajar. Después unas de sol graduadas. Y finalmente llegan las progresivas, nombre muy optimista para describir una desgracia distribuida en diferentes alturas.
El problema ya no es ver.
El problema es encontrar desde qué ángulo todavía ves.
El pelo: ese administrador de recursos
El pelo merece un capítulo aparte porque posee un sentido del humor particularmente cruel.
Durante la juventud lo maltratamos con absoluta impunidad.
Lo teñimos. Lo quemamos. Lo llenamos de gomina. Lo planchamos. Lo rizamos. Lo estiramos.
Hasta que un día alguien toma una fotografía desde un ángulo ligeramente elevado.
Y descubres algo.
El pelo, además, posee una lógica administrativa sorprendente.
No desaparece completamente.
Se reubica.
Abandona la cabeza y empieza a aparecer en lugares donde nadie lo había solicitado: orejas, nariz, cejas con aspiraciones forestales y sitios en los que uno creía que solamente debía existir dignidad.
El organismo parece decir:
—Cabello todavía tenemos. Lo que estamos revisando es la distribución.
La restauración del patrimonio
La piel comienza siendo una funda magnífica.
Tersa. Flexible. Elástica.
Después llegan los años.
La piel empieza a arrugarse, aflojarse, secarse, mancharse y comportarse como una prenda que ha pasado demasiadas veces por la secadora.
Y entonces comienza otra etapa gloriosa: la restauración.
Ácido hialurónico. Retinol. Péptidos. Ceramidas. Colágeno. Vitamina C. Coenzimas. Antioxidantes.
Sustancias cuyo nombre suena más apropiado para reparar un satélite que para untárselo uno antes de dormir.
Nos embadurnamos frente al espejo como si estuviéramos restaurando cuidadosamente una cómoda del siglo XVIII.
La guerra contra el tiempo
El ser humano envejece, sí.
Pero rara vez lo hace con resignación.
Envejecemos peleando.
Nos teñimos. Nos estiramos. Nos pinchamos. Nos rellenamos. Nos blanqueamos. Nos depilamos. Nos implantamos. Nos suplementamos. Nos vitaminamos. Nos colagenizamos. Nos antioxidizamos. Nos monitorizamos.
Y llega una edad en la que uno tiene más productos en el baño que un pequeño laboratorio farmacéutico.
Primero quieres parecer guapo.
Después atractivo.
Luego quieres verte bien.
Más adelante aspiras simplemente a parecer descansado.
Y finalmente firmas encantado con tal de no tener aspecto de haber sido recientemente exhumado.
El gimnasio: la nueva catedral
Y entonces aparece el gimnasio.
Esa catedral moderna donde algunos acuden no tanto a vivir más como a discutir personalmente con el calendario.
Hay gente que ya no entrena el cuerpo.
Lo amenaza.
Levantan pesas con una furia admirable. Hacen sentadillas como si estuvieran pagando una deuda ancestral.
Hablan del magnesio con una solemnidad que antes estaba reservada para la patria.
Y yo lo entiendo.
Claro que lo entiendo.
Porque, en el fondo, todos hacemos lo mismo.
El que se pone bótox y el que asegura que jamás se pondría nada, pero lleva tres meses tomando cúrcuma, omega 3, creatina, colágeno, resveratrol, kéfir, magnesio y caldo de huesos como si fuera un druida con farmacia.
Cuando el cuerpo empieza a poner condiciones
Durante mucho tiempo creemos que cuerpo y voluntad son prácticamente la misma cosa.
Piensas: “Voy”. Y vas.
Después cambia la relación.
La mente propone.
El cuerpo estudia la solicitud.
—¿Podemos caminar diez kilómetros?
—Sí. Pero mañana hablamos.
—¿Podemos cenar pesado a las once?
—Perfectamente. Pero a las tres de la mañana tendremos una reunión.
—¿Podemos dormir cuatro horas?
—Claro. Ya veremos quién trabaja mañana.
Antes cometías excesos.
Ahora realizas experimentos clínicos involuntarios.
Vivimos rodeados de mantenimiento
Entonces aparecen los zapatos cómodos, los colchones ergonómicos, las almohadas cervicales, las sillas especiales, las plantillas, los relojes inteligentes y las aplicaciones que controlan hasta la respiración.
Nos apuntamos a yoga.
A pilates.
A movilidad.
A fuerza funcional.
Una expresión elegantísima para decir:
“Quiero seguir levantándome de una silla sin emitir sonidos de armario antiguo”.
Mientras tanto, el tiempo continúa.
Tranquilo.
Metódico.
Paciente.
Pasamos media existencia queriendo ser mayores y la otra media intentando no parecerlo.
Una obra permanentemente en reformas
Pero sería injusto quedarse solamente con esa parte.
Porque en esta metamorfosis también hay algo extraordinario.
El cuerpo se transforma, sí.
Se arruga. Se pliega. Pierde velocidad. Protesta. Se vuelve más frágil.
Pero también se convierte en testigo.
Una cicatriz deja de ser simplemente una marca.
Es una historia.
Una arruga ya no es solamente una línea.
Es tiempo acumulado.
Las manos cambian porque han trabajado.
La espalda recuerda pesos.
Los ojos guardan noches.
De promesa a memoria
La verdadera metamorfosis consiste quizá en eso:
pasar de promesa a memoria;
de potencia a experiencia;
de belleza inconsciente a dignidad conquistada.
De joven, casi todo parece estar por delante.
Con los años, una parte creciente de la vida empieza a quedar detrás.
Y uno comprende que la existencia no consiste solamente en conservar.
También consiste en acumular.
Personas. Errores. Aprendizajes. Amores. Pérdidas. Lugares. Conversaciones. Heridas. Carcajadas. Decisiones buenas. Decisiones estúpidas.
Todo eso termina modificando el rostro que encontramos cada mañana frente al espejo.
Por eso, cuando un día aparece ese señor que se parece sospechosamente a nuestro padre, quizá convenga mirarlo un poco mejor.
Porque no llegó de repente.
Lo estuvimos construyendo durante décadas.
Somos nosotros.
Con kilómetros recorridos.
Con golpes.
Con triunfos.
Con torpezas.
Con memoria.
Con desgaste.
Con historia.
Esa es la verdadera metamorfosis.
No la de Kafka.
La nuestra.
La de todos.
Aunque, dicho esto, tampoco nos pongamos excesivamente filosóficos.
Si mañana alguien inventa una crema que quite veinte años de verdad, que no escriba un tratado sobre la aceptación del paso del tiempo.
Que diga dónde la venden.
Y que pase el enlace.