7/08/26

La desgracia de Don Quijote no fue su fantasía


 La desgracia de Don Quijote no fue su fantasía

Hay frases que parecen una piedra lanzada contra una ventana. No piden permiso. Llegan, rompen el vidrio y nos obligan a mirar de otra manera aquello que creíamos conocer. Una de esas frases, atribuida a Franz Kafka a propósito de la obra mayor de Cervantes, dice: “La desgracia de Don Quijote no fue su fantasía, sino Sancho Panza”.

La frase incomoda porque golpea una lectura demasiado cómoda del Quijote. Estamos acostumbrados a ver a Don Quijote como el loco noble, el soñador, el hombre que confunde molinos con gigantes, ventas con castillos y campesinas con damas. También solemos ver a Sancho como el contrapunto gracioso: el hombre sencillo, práctico, de refranes, barriga, hambre y sentido común. Don Quijote vuela; Sancho pisa tierra. Don Quijote sueña; Sancho calcula. Don Quijote imagina; Sancho pregunta por la comida, el salario y la ínsula prometida.

Pero Kafka, con esa mirada suya capaz de encontrar abismos en una habitación cerrada, parece insinuar algo más perturbador: tal vez la fantasía no era el verdadero problema. Tal vez el drama de Don Quijote no estaba en ver gigantes donde había molinos, sino en tener al lado una voz que, aun siguiéndolo, le recordaba todo el tiempo el peso de la realidad.

Esta idea no debe entenderse como una condena simple contra Sancho Panza. Sería demasiado fácil decir que Sancho fue el obstáculo, el aguafiestas, el hombre común incapaz de comprender la grandeza del soñador. Cervantes era demasiado inteligente para escribir una pareja tan pobre. Sancho no es solo el freno de Don Quijote. Sancho es su espejo terrestre. Es la cuerda que impide que el globo se pierda del todo en el cielo. Es el cuerpo al lado del alma. Es el hambre caminando junto al ideal.

Y, sin embargo, ahí está la tensión. Porque todo soñador necesita un Sancho, pero también puede ser destruido por él.

Don Quijote no fracasa por imaginar. La imaginación, en sí misma, no es una desgracia. Al contrario: sin imaginación no habría literatura, ni ciencia, ni educación, ni justicia, ni proyectos colectivos. Toda transformación humana comenzó alguna vez como una locura pronunciada en voz baja. Antes de que algo exista, alguien debe verlo donde todavía nadie lo ve. El puente existió primero en la mente de quien se negó a aceptar el río como límite. La escuela existió primero en la voluntad de quien creyó que el conocimiento no debía pertenecer solo a unos pocos. La libertad existió primero en la conciencia de quienes fueron tratados como si no la merecieran.

Por eso, la fantasía de Don Quijote no es simplemente enfermedad. Es protesta. Es una forma desesperada de decir que el mundo, tal como está, no basta.

El problema aparece cuando la fantasía debe convivir con la realidad. Allí entra Sancho Panza.

Sancho representa una verdad incómoda: los sueños también tienen que comer. Las ideas necesitan zapatos. Los ideales se cansan. Las revoluciones tienen presupuesto. Los libros necesitan corrección. Las escuelas necesitan aulas, maestros, tiempo, internet, energía, cuadernos. El amor necesita pan. La justicia necesita instituciones. La imaginación necesita algún tipo de suelo, aunque sea humilde, aunque sea polvoriento.

En ese sentido, Sancho no es enemigo del sueño. Es su prueba.

Un sueño que no soporta las preguntas de Sancho quizá no era un sueño profundo, sino un capricho. Pero un Sancho que solo sabe preguntar por la ganancia, el riesgo y la conveniencia puede terminar matando aquello que hacía digna la vida.

Ahí está la tragedia.

Don Quijote mira el mundo y ve lo que podría ser. Sancho mira el mundo y ve lo que hay. Uno vive en el horizonte; el otro en el camino. Uno necesita símbolos; el otro necesita certezas. Uno se alimenta de gloria; el otro de pan. Pero el ser humano no puede vivir solo con pan ni solo con gloria. Cuando falta Don Quijote, la vida se vuelve administración de la costumbre. Cuando falta Sancho, la vida se vuelve delirio sin consecuencias.

La frase atribuida a Kafka nos obliga entonces a pensar en algo más hondo: quizá todos llevamos un Don Quijote y un Sancho dentro. Hay en nosotros una parte que quiere salir a combatir gigantes, aunque el mundo se burle. Pero también hay otra parte que pregunta: “¿Y si fracasas?”, “¿y si haces el ridículo?”, “¿y si no alcanza el dinero?”, “¿y si nadie te sigue?”, “¿y si todo esto no sirve para nada?”.

Esa voz puede ser necesaria. A veces nos salva de la imprudencia. Pero también puede convertirse en cárcel. Hay Sanchos interiores que ya no aconsejan: sabotean. Ya no aterrizan: entierran. Ya no acompañan: domestican. Se disfrazan de prudencia, pero en realidad son miedo. Se presentan como sentido común, pero en el fondo son resignación.

Muchas personas no fracasan porque sueñen demasiado, sino porque aprendieron a obedecer demasiado pronto a su Sancho interior. Antes de intentar, ya se corrigieron. Antes de hablar, ya se censuraron. Antes de escribir, ya se declararon incapaces. Antes de emprender el viaje, ya hicieron la lista de todas las derrotas posibles.

Don Quijote, con toda su locura, al menos se atreve a salir. Y eso no es poca cosa.

La grandeza de Cervantes está en que no ridiculiza totalmente a Don Quijote ni glorifica totalmente a Sancho. Los pone a caminar juntos. Esa es la imagen más humana de todas: el sueño y la realidad compartiendo camino. No hay ser humano completo sin esa conversación. Necesitamos una imaginación capaz de romper los límites de lo dado, pero también una conciencia capaz de preguntarnos por las consecuencias de nuestros actos.

El peligro está en el desequilibrio.

Cuando Don Quijote domina por completo, confundimos deseo con verdad. Nos volvemos incapaces de reconocer los hechos. Llamamos gigante al molino aunque las aspas nos golpeen en la cara. Forzamos la realidad para que encaje en nuestra novela interior. Nos convencemos de que basta querer algo para merecerlo. Esa fantasía sin Sancho puede terminar en soberbia, terquedad o fracaso.

Pero cuando Sancho domina por completo, el mundo se achica. Todo se mide por utilidad inmediata. Todo sueño parece exagerado. Toda causa noble parece ingenua. Toda belleza parece pérdida de tiempo. Toda esperanza parece falta de madurez. Entonces la vida queda reducida a sobrevivir, obedecer, repetir, ahorrar fuerzas y no hacer el ridículo.

Ese Sancho absoluto es más peligroso de lo que parece, porque no mata de golpe. Mata lentamente. No prohíbe soñar: convence de que soñar es infantil. No encadena las manos: convence de que no vale la pena moverlas. No destruye el horizonte: baja la mirada hasta que uno olvida que existe.

Por eso la frase de Kafka sigue doliendo. La desgracia de Don Quijote no fue tener fantasía. La fantasía lo hizo grande. Lo convirtió en símbolo. Lo sacó de la vulgaridad. Lo empujó a vivir una vida más intensa que la vida razonable de muchos hombres cuerdos. Su desgracia fue que esa fantasía tuvo que caminar acompañada por una realidad que la corregía a cada paso.

Pero también habría que decir lo contrario: sin Sancho, Don Quijote no habría llegado tan lejos. Sancho lo contradice, sí, pero no lo abandona. Se burla a veces, duda muchas más, calcula casi siempre, pero sigue ahí. Y ese detalle cambia todo. Sancho no comprende completamente a Don Quijote, pero lo acompaña. No comparte del todo su visión, pero camina a su lado. No ve los mismos gigantes, pero permanece en la aventura.

Tal vez esa sea una forma imperfecta y hermosa de amor: no entender del todo el sueño del otro y, aun así, no dejarlo solo.

En tiempos como los nuestros, esta lectura resulta urgente. Vivimos rodeados de discursos que se burlan de la imaginación. A los jóvenes se les pide ser “realistas” demasiado pronto. A los maestros se les exige innovar, pero sin recursos. A los pueblos se les pide progreso, pero sin inversión real. A los creadores se les celebra la creatividad, pero se les castiga la diferencia. Todo el mundo aplaude al soñador cuando triunfa, pero casi nadie lo acompaña cuando todavía parece loco.

Por eso necesitamos recuperar a Don Quijote, no como modelo de delirio, sino como símbolo de resistencia imaginativa. Necesitamos personas capaces de ver posibilidades donde otros solo ven ruinas. Necesitamos educadores que vean talento donde las estadísticas solo ven fracaso. Necesitamos comunidades que vean futuro donde el abandono ha querido imponer resignación. Necesitamos escritores, científicos, campesinos, estudiantes y líderes capaces de decir: “El mundo no termina en lo que tenemos delante”.

Pero también necesitamos un Sancho transformado. No el Sancho que apaga el sueño, sino el que ayuda a cargarlo. No el Sancho que humilla al idealista, sino el que le recuerda que hasta los ideales necesitan camino. No el Sancho de la resignación, sino el Sancho de la lealtad crítica.

Porque un buen Sancho no mata a Don Quijote: lo obliga a mejorar su aventura.

La fantasía sola puede perderse. La realidad sola puede pudrirse. Pero cuando fantasía y realidad dialogan, aparece algo más poderoso: la posibilidad de transformar el mundo sin dejar de mirarlo de frente.

Kafka, al invertir la mirada sobre Sancho Panza, nos deja una provocación extraordinaria. Nos obliga a sospechar que la mayor batalla de Don Quijote no fue contra los molinos, ni contra los encantadores, ni contra los burladores de su tiempo. Su mayor batalla fue contra esa presencia cercana que le recordaba, una y otra vez, que el mundo no era como él lo soñaba.

Pero quizá ahí está precisamente la condición humana: vivir entre lo que vemos y lo que imaginamos; entre el barro y la estrella; entre la prudencia y el salto; entre Sancho y Don Quijote.

La desgracia no fue soñar. La desgracia tampoco fue tener compañía. La verdadera desgracia sería permitir que Sancho mate para siempre a Don Quijote, o que Don Quijote desprecie tanto a Sancho que termine estrellándose contra la realidad.

El desafío es más difícil: hacer que ambos caminen juntos.

Que Sancho no apague la lámpara.

Que Don Quijote no olvide el camino.

Que la fantasía no se vuelva mentira.

Que la realidad no se vuelva tumba.

Porque todo ser humano que todavía quiere crear, enseñar, escribir, amar o transformar algo necesita conservar dentro de sí una locura vigilada por la lucidez, y una lucidez que no haya perdido la capacidad de soñar.


No hay comentarios:

Publicar un comentario